sábado, 20 de septiembre de 2014

Pérdida de atención (I)

Reunión con los profesores del cole. Mi hija tiene diez años. Quinto de primaria. ¿Qué tiene que ver esto con la escritura periodística? Tiene que ver. De repente una profesora comenta: "será todo como un juego, con proyectos en grupo, y con tramos de trabajo cortos, porque ya saben que la atención se pierde a los quince minutos".
Nadie dice nada. No es el momento, claro. Sin embargo, me quedo con esa frase: "a los quince minutos se pierde la atención". Es verdad. Quiero decir: será verdad. Si lo aceptamos como algo inevitable, será verdad. Si no se trabaja también esto, será verdad. 
Lo sé por mis alumnos. Cada año aceptan menos tiempo de atención. Mis clases son de dos horas. ¿Dos horas? Pues sí: dos horas. No es lo ideal, lo sé, pero tampoco debería ser el infierno. Se supone que son clases de periodismo. Se supone que sabemos algo sobre comunicación. Se supone que los profesores deberíamos estar preparados para ganarnos la atención de la clase durante -supongamos- media hora, durante una hora... Más quizá sea ya demasiado (notable o sobresaliente para el profesor), pero al menos una hora de clase amena e interesante debería ser algo razonable.
Olvídenlo, por favor. Olvídenlo. Rápido: olviden eso que acabo de escribir. A los cinco minutos, o antes, suelo ver a algunos de mis alumnos revisando el móvil para consultar su cuenta de Twitter. Eso a los cinco minutos. A los diez minutos asoma ya algún bostezo, alguna mirada perdida, algún bisbiseo por acá o por allá. A la media hora todo sobra. A los cuarenta minutos deberíamos despedirnos hasta la próxima clase. No lo hacemos porque, aunque nos aburramos inmensamente, en el fondo (y en la forma) nos tenemos bastante cariño.
Igual he exagerado un poco. Tendría que preguntar a mis alumnos, a ver qué dicen ellos. Pero creo que más o menos la cosa es así. Y digo yo: ¿no tendrá esto que ver con una pérdida progresiva de la capacidad para prestar atención a cualquier tipo de discurso? ¿No tendrá esto que ver con una claudicación pedagógica de la que todos somos responsables? ¿No estaremos convirtiendo el aprendizaje en un juego continuo, en un simulacro de competición pueril? ¿Tiene sentido concebir la educación (y la cultura, en general) como un ejercicio lúdico puro que no admite ningún tipo de esfuerzo?
Termino: ¿afecta todo lo anterior a la escritura? Perdón, perdón... Esa última pregunta la dejo ahí, tirada al vacío, sin intención de responder ni de que nadie responda. De sobra sé que a estas alturas estamos ya todos agotados, con la cabeza y la atención en otro sitio.

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