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lunes, 7 de enero de 2013

Las comparaciones

   Me reprocha un amable lector (mi único lector, según sospecho desde hace siglos) que no escribo con suficiente garra en este cuaderno. No lo dice exactamente así, sino mediante una atenuadora comparación: "en un artículo que he leído de usted por fin he visto que se moja, porque lo que escribe en este blog...". He respondido que respeto los géneros, que aquí la cosa es más o menos teórica, pero que -retomando la comparación- en otros lugares el tono sería distinto. No me gusta esconderme. Al contrario. En los artículos de fondo, o tribunas, me atrevo como el que más. Y qué pena que nadie me ha haya pedido nunca que escriba mordaces columnas. Siempre supe que la columna es mi género. 
   A lo que iba: las comparaciones. Como acabo de mostrar, no todas son dañinas. Aunque el tópico insista -es su obligación- en que son odiosas, a mí nunca me han caído mal. Por disentir del tópico, lo confieso, pero también porque de verdad creo que la comparación no merece tan mala fama. Piensen en la dignidad aristocrática de la metáfora, o en la complejidad conceptual de la alegoría. A su lado la comparación se transforma en un juego infantil, facilón, casi vulgar.

miércoles, 13 de junio de 2012

Una novela sobre el tiempo y la escritura



Pedro Sorela (Bogotá, 1951) acaba de publicar una novela de periodistas y periodismos. Ya desde el título, El sol como disfraz, Sorela apela directamente a la necesidad de mirar con atención y criterio para entender siquiera algo de lo que ocurre en la realidad. “Porque la mirada –dice el novelista– tiene mucho que ver con la curiosidad, que para los griegos era el síntoma de la juventud. Dar por hecho que los jóvenes son curiosos es un grave atrevimiento… Pero es cierto que la juventud de espíritu tiene que ver con la curiosidad, con la mirada abierta. Y eso se conquista. No es algo que venga de fábrica.”


   El sol como disfraz retrata los patios interiores de un diario impreso. Un viejo periódico que se convierte en una publicación nueva, diferente a las demás, gracias a la creatividad de su director. Este personaje, al que todos conocen como Picasso, llega al periodismo casi por azar, puesto que antes había ejercido como profesor universitario de Historia del arte. También Pedro Sorela es profesor universitario (de periodismo), lo cual explica la pasión con que reclama una enseñanza humanística, centrada en la lectura y en la reflexión: “No todos los periodistas, ni el público, ni los patronos entienden que la diferencia entre un buen y un mal periodista es que el bueno piensa. Y para pensar ha tenido que leer unos cuantos libros. Ese es el periodista que sabrá mirar la realidad con una cierta madurez y sabrá extraerle la verdadera novedad”.

martes, 20 de marzo de 2012

La olla podrida del periodismo

   En la olla podrida clásica las legumbres conviven con tocino y carne, con embutidos y aves. Resultado: una estupefaciente confusión de "cosas suculentas". El primer periodismo generó grandes ollas podridas. Tropecé ayer con una página de La correspondencia de España (01/10/1878). En el minúsculo fragmento que reproduzco caben la cita de El Imparcial, la previsión sobre cierta reunión del Consejo de Estado, el anuncio de vacante para notario en la audiencia de Palma, la noticia según la cual ha llegado por fin a Madrid el auditor general de Zaragoza, la nota de sucesos sobre "la acalorada riña en la plaza de la Cebada"...

martes, 13 de marzo de 2012

El periodismo deportivo como síntoma

   Debió de ser una tarde parda y fría de invierno. Ya sabéis de qué siglo hablo. Un profesor sabio y socarrón soltó de repente en clase: "el periodismo deportivo es al periodismo lo que la música militar a la música". Nos reímos entonces. Ahora, pensándolo con más calma, quizá deberíamos evitar en las aulas ese tipo de ironías y sarcasmos. Porque es posible que nadie se ría. Porque tal vez nadie se sienta incitado a reflexionar con ocurrencias de ese tipo. Y porque, además, hoy la música se entiende mejor analizando la evolución de la música militar.