Me reprocha un amable lector (mi único lector, según sospecho desde hace siglos) que no escribo con suficiente garra en este cuaderno. No lo dice exactamente así, sino mediante una atenuadora comparación: "en un artículo que he leído de usted por fin he visto que se moja, porque lo que escribe en este blog...". He respondido que respeto los géneros, que aquí la cosa es más o menos teórica, pero que -retomando la comparación- en otros lugares el tono sería distinto. No me gusta esconderme. Al contrario. En los artículos de fondo, o tribunas, me atrevo como el que más. Y qué pena que nadie me ha haya pedido nunca que escriba mordaces columnas. Siempre supe que la columna es mi género.
A lo que iba: las comparaciones. Como acabo de mostrar, no todas son dañinas. Aunque el tópico insista -es su obligación- en que son odiosas, a mí nunca me han caído mal. Por disentir del tópico, lo confieso, pero también porque de verdad creo que la comparación no merece tan mala fama. Piensen en la dignidad aristocrática de la metáfora, o en la complejidad conceptual de la alegoría. A su lado la comparación se transforma en un juego infantil, facilón, casi vulgar.
